lunes, 10 de febrero de 2014


 
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‘La gran estafa americana’ de David O. Russell, una de las favoritas para los Oscar, exhibe un buen número de virtudes aunque no se correspondan con su meritorio previo a la gala
 
 
     
 
Las expectativas son, sin duda alguna, condicionantes si no absolutos sí de relevancia mayor a la hora de encarar un relato. Sobre papel, celuloide… tablet hoy en día, la predisposición del espectador -en el ámbito cinematográfico, centrémonos en el asunto- es determinante y éste es un punto capital a la hora de juzgar estas cintas facturadas, distribuidas o promocionadas de cara a los Oscar como La gran estafa americana.
 

Como suele ocurrir en las semanas que preceden a esta gala, las candidaturas para los Oscar y los réditos obtenidos en sus cada día más prestigiosos hermanos menores, los Globos de Oro, aportan un veredicto previo que, a menudo, pesa. Para el último film de David Owen Russell es una losa. “Que le quiten lo bailao”, pensarán muchos con razón. El impulso que ha obtenido la película merced a lo mencionado, consecuencia pura y explícita de la esencia de esta industria, ha aupado ya a La gran estafa americana a un pedestal del que muy probablemente caerá en unos días aunque ya haya adquirido un alto prestigio entre sus potenciales espectadores. Afirmación rotunda susceptible de importantes matices, eso sí.

La película de Russell se postula con sus diez aspiraciones en la ceremonia que presentará la ácida Ellen DeGeneres -aunque un caramelo si la comparamos con Ricky Gervais- como una de las triunfadoras de la noche junto a Gravity, que la iguala en este aspecto, y Doce años de esclavitud, con nueve ocasiones en las que su equipo apretará los puños. Quizás la original Her de Spike Jonze o Nebraska con un, dicen, magistral Bruce Dern en un papel que era para Gene Hackman, pueden dar la sorpresa dentro de una edición en la que no se atisban grandes triunfadoras.

Competente en todos los ámbitos, La gran estafa americana opta a estatuilla en los apartados más relevantes. Y es que aunque ignoremos el confeti propagandístico lanzado a sus pies por los jerifaltes de la industria, el film sigue siendo un gran trabajo. No obstante, en un año sin superproducciones redondas, la cinta  de los Bale, Renner, Lawrence, Cooper o Adams es una de las que más se acercan a la definición, paradigma de Hollywood y de los Oscar por ende. 

 


La notoriedad del responsable de la cinta, el neoyorquino David O. Russell arranca para el vulgo cinematográfico con la muy competente Tres reyes (1999) aunque, en realidad, Russell había llamado la atención de la industria cinco años antes con Sparking the monkey, Premio del Público en Sundance, lo que le permitió filmar Flirteandocon el desastre, con Ben Stiller, Tea Leoni y Patricia Arquette. Tras la original Extrañas coincidencias (2004), el cineasta de Nueva York comenzó a solicitar su ingreso en las grandes ligas de manera arrolladora mientras levantaba sólidas suspicacias en un entorno que observa atónito sus tres nominaciones seguidas a mejor director: The fighter, El lado bueno de las cosas y esta La gran estafa americana.  

 
No obstante, este contexto no debe aislar al espectador de la realidad. Y es que el último trabajo del neoyorquino es una gran película. Una de las mejores del año. Sin duda. Sus candidaturas no son gratuitas y en sus casi 140 minutos de metraje se alternan interpretaciones creíbles, una buena dirección, un diseño de producción maravilloso, un guión audaz que se cierra sin flecos… Russell dibuja una maraña de engaños y ambiciones aliñada con la tensión del thriller y lo distendido del género cómico. Cada cual en su justa medida. La naturalidad de sus protagonistas femeninas es pasmosa aunque la transformación excesiva de sus parteneires masculinos chirríe un tanto. El film también retrata con fidelidad -hasta donde podemos saber o intuir- la Norteamérica de los setenta. Con todo, la obra de Russell pasa el corte con holgura aunque carezca quizás del corazón que se le presuponen a las grandes obras dentro de un curso cinematográfico en el que han sido desterradas a un segundo plano en la alfombra roja. Entristece pero no sorprende.

 

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